
Me han llamado manipulador. Me lo tomé con gracia y me llamé misterioso. No estoy insinuando precisamente ser un manipulador, de hecho, no lo creo. Aunque debiera reconocer que puedo llegar a entender que alguien así lo crea.
Tiempo después me han llamado narcisista, no una sino dos veces, y por personas que me han conocido bien. Usted lo cree? Bien por usted. La verdad es que me lo tomé con orgullo y me llamé carismático. Lo cual no quiere decir que precisamente yo sea un carismático.
Aunque...
Hay algo extraño en todo esto y es que ninguna de esas opiniones consiguió molestarme demasiado. Más bien lo contrario.
Sería sencillo atribuirlo a que no les di importancia, pero tampoco sería cierto. Si no me hubieran importado, probablemente no las recordaría. Mucho menos estaría escribiendo sobre ellas.
Me importaron.
Y, mejor aún, me produjeron cierto placer.
No digo esto con ánimo de hacerme el interesante. Aunque a esta altura comprendería que usted empiece a desconfiar. Lo digo porque creo que ahí está lo que verdaderamente me interesa de todo esto.
La opinión de los demás juega un papel importante en mí.
No descubrí nada extraordinario. Imagino que en mayor o menor medida ocurre con casi todos. Nos gusta caer bien, ser reconocidos, que alguien encuentre en nosotros aquello que también nos gusta encontrar cuando nos miramos.
Que me consideren inteligente me agrada. Que alguien piense que soy culto también. Gracias, qué amable. Pero no encuentro hoy ninguna virtud particular en el halago. Esas cosas pasan rápido y seguimos.
Hay otras opiniones que no.
Quizás porque vienen a señalar precisamente aquello que uno debería querer negar. Hay algo más difícil de ignorar cuando alguien nos devuelve una imagen de nosotros mismos que no fue construida para agradarnos.
Y, sin embargo, algunas me agradan.
Ese es el asunto.
No porque deje de comprender lo que tienen de negativo. No hace falta convertir una acusación en elogio para disfrutar de ella. Creo que sería incluso menos interesante si pudiera hacerlo. Lo extraño está justamente en conservar ambas cosas, entender aquello que el otro quiso reprocharme y descubrir, al mismo tiempo, que una parte de mí recibe ese reproche con cierta satisfacción.
Supongo que uno podría llamarlo vanidad. No estaría mal.
Pero me parece insuficiente.
Hay algo particularmente atractivo en descubrir que alguien ha construido una imagen de uno que posee cierta densidad. Quizás por eso me interesa tanto la idea de complejidad. Debo reconocer que me halaga pensar que pueda haber algo en mí que no se entregue inmediatamente, que obligue a otro a interpretar, a equivocarse incluso, a construir alguna teoría.
"Hacerse el misterioso" como se dice.
Por supuesto, también existe la posibilidad menos elegante de que no haya ninguna complejidad y simplemente resulte confuso o, mejor aún, que efectivamente yo sea eso de lo que se me acusa. Nada más simple que eso.
Intento tenerlo presente.
Aunque sospecho que me divierte bastante menos.
Tal vez ahí empiece a verse mejor el mecanismo. La opinión llega, yo la recibo y no me limito a decidir si es verdadera o falsa. La pruebo. Veo cómo me queda. Encuentro aquello que reconozco, aquello que rechazo y, sobre todo, aquello que por algún motivo me interesa conservar.
No parece un proceso especialmente imparcial.
Pero tampoco estoy seguro de querer que lo sea.
Hay juicios negativos que, precisamente por aquello negativo que pretenden señalar en mí, consiguen halagar algo que también existe en mí.
Eso no los vuelve ciertos.
Tampoco falsos.
Y creo que ahí está parte del placer. Poder sostener durante un momento ambas posibilidades sin demasiada urgencia por resolverlas.
Porque podría defenderme. Podría explicar circunstancias, intenciones, diferencias de interpretación. Seguramente tendría argumentos, o no. Pero hacerlo ahora me parecería casi una lástima.
Hay algo más interesante en quedarse un rato con la acusación.
Mirarla.
No para concederle razón, sino para observar qué parte de uno responde cuando la escucha.
Quizás ahí aparezca el cinismo, otro concepto con el cual me he amigado últimamente.
No en no tomar nada en serio, que siempre me ha parecido una definición bastante pobre, sino en cierta capacidad de conocer el sentido moral de algo y permitirse, aun así, una reacción que no coincide con él.
Sé que debería sentirme ofendido.
No me siento ofendido.
Peor, encuentro algo que me gusta.
Y saberlo tampoco consigue preocuparme demasiado.
De hecho, vuelve a interesarme.
Ahí el asunto empieza a adquirir una forma un poco absurda.
Porque ya no estoy observando únicamente aquella primera reacción. Ahora estoy observando mi interés por esa reacción. Me descubro tratando de entender qué dice de mí el hecho de haber sentido placer, y poco después qué dice de mí el placer que encuentro en poder entenderlo.
Uno contempla algo durante suficiente tiempo y tarde o temprano termina viéndose contemplar.
Y no estoy seguro de que en ese momento siga contemplando aquello que tenía enfrente.
Quizás ese sea uno de los peligros, si es que es un peligro, de analizarse demasiado. Uno empieza intentando comprender una reacción y termina seducido por la posibilidad de que esa reacción esconda algo más. Después encuentra ese algo y sospecha que debajo debe haber otra cosa. Y así sucesivamente.
Hasta que la profundidad misma puede convertirse en una fantasía. Hay una canción que dice que no es lo mismo ser profundo que hundirse en este mundo. Últimamente empiezo a sospechar que la diferencia puede ser bastante más difícil de reconocer de lo que parece.
Esto me preocupa bastante más.
No porque tema encontrar algo terrible, sino porque existe siempre la posibilidad de que uno confunda profundizar con complicar. De que donde había una reacción relativamente sencilla termine construyendo un mecanismo admirablemente sofisticado únicamente porque le resulta más placentero pensarse así.
Sería bastante apropiado.
Incluso este ensayo corre ese riesgo.
Después de todo, he tomado un par de opiniones desagradables sobre mí, he descubierto que me causaron cierto placer y ahora llevo quién sabe cuántas líneas intentando entender por qué.
Quizás usted ya tenga una respuesta mucho más sencilla.
No me la diga todavía.
Hay algo que quisiera seguir mirando.
Porque también está usted ahora.
No usted en particular, claro. No se entusiasme.
Me refiero al lector.
Hay algo que se siente inevitablemente extraño en hacer público un ejercicio como este. Estoy escribiendo sobre la importancia que tiene para mí la imagen que los demás construyen de mi persona para entregárselo, precisamente, a otros que inevitablemente construirán una nueva si se atreven a llegar tan abajo en este texto.
Puedo imaginar algunas.
Eso también me produce cierta curiosidad.
Y quizás algo de placer.
No sé si todo esto demuestra demasiado. Sospecho que no. Tampoco quisiera que lo hiciera.
Lo que sí parece mostrar es ese circuito que comentaba. Recibo una imagen de mí, la observo, encuentro algo que me atrae, intento comprender por qué me atrae y termino fabricando a partir de ella otra imagen de mí mismo.
Después la entrego nuevamente.
No sé muy bien dónde termina el otro y empiezo yo en ese proceso.
Quizás nunca haya habido una división demasiado clara.
Al fin y al cabo, uno necesita algún reflejo para mirarse. Aunque quédese tranquilo, seguramente el problema empieza cuando uno lleva demasiado tiempo frente al agua.
Lleva usted mucho tiempo allí?
Quizá yo sí.